Sus padres sí que son conscientes. Vendieron el coche, hicieron las maletas y pusieron su vivienda en alquiler para poder costearse los viajes, de torneo en torneo. Un año sabático, con visitas a museos. «Hubo incluso demasiada cultura para mi gusto. Pero cuando me cansaba, tenía la excusa de entrenar para poder escabullirme», cuenta Carlsen. Así, mientras sus padres y sus tres hermanas se daban un garbeo por el Louvre, el joven talento se escapaba a un cibercafé para jugar partidas rápidas por Internet. Era el año 2003 y dejó de asistir al colegio. Hubo una enorme polémica en Noruega con esta decisión. «Realmente no eché de menos la escuela. No aprendo demasiado, es más efectivo cuando mis padres me enseñan. Me siento poco estimulado por estar la mayor parte del tiempo esperando», explica.
Con 14 años le ganó al ex campeón mundial Anatoly Karpov en una competición de partidas rápidas. Luego le dio un repaso a Kasparov, que logró in extremis forzar unas tablas. Espoleado por el descaro de aquel monicaco, el Ogro de Bakú lo retó a una segunda partida y esta vez lo aplastó. «He jugado como un niño», se lamentó Carlsen. Ahora, en Linares, se ha consagrado: lideró la prueba durante nueve rondas y sólo acabó segundo, por detrás del indio Viswanathan Anand, que se aprovechó de su inexperiencia y luego fue sumando tablas y más tablas hasta finiquitar el torneo sin aportar nada extraordinario, pero embolsándose los 100.000 euros del premio. Para encontrar hazañas similares hay que remontarse a Fischer, campeón de Estados Unidos a los 14 años, en 1957, pero sus rivales no eran tan fuertes como los de Carlsen.
La comparación es incómoda. Fischer perdió el norte hace tiempo. Tiene manía persecutoria y es un antisemita recalcitrante. «Los judíos se han inventado el holocausto y utilizan sangre de niños en rituales de magia negra», dice. También es capaz de brindar por la salud de Bin Laden o de arremeter contra el deporte que le dio fama: «El ajedrez es una paja mental y Kasparov, un antiguo espía del KGB que nunca ha jugado una partida que no estuviera amañada». Fischer es un ángel caído. También fue comparado con Mozart por su precocidad, al igual que Carlsen, pero incubó desde su adolescencia un profundo complejo de inferioridad. Fuera del tablero, sus lagunas culturales eran palmarias. Vestía como un leñador de Dakota: camisa de franela y gorro con orejeras. Para que no lo llamasen paleto se compró 17 trajes y los iba rotando. Tiene un coeficiente intelectual de 184 (Einstein tenía 185, la media es 100), pero cosechaba un carro de suspensos. Como Carlsen, también dejó colgados los estudios.
Fischer forjó en los torneos su leyenda de pirado en un mundo donde las excentricidades están a la orden del día. Se quejaba de que los rivales lo desconcentraban con sonidos de alta frecuencia que sólo él y los delfines pueden oír. Pedía fuertes sumas de dinero por competir, pero luego se dejaba fajos de dólares olvidados en las habitaciones de los hoteles. «Los ajedrecistas profesionales le deben a Fischer poder ganarse la vida, pues antes de que llegara él no cobraban, seguían teniendo la consideración de juglares medievales para divertir al rey», explica Arturo Xicotencatl. Fischer tiene otra manía: nunca coloca el rey en la casilla F4 porque es una variante que estudiaron ajedrecistas judíos. Además, sufre miedo patológico a perder. Se enrola en una secta apocalíptica. El líder del culto le sacó miles de dólares en donaciones. A cambio, le proporcionó un jet privado y un buen número de siervas dispuestas a abrirse de piernas. Fischer aún era virgen con 32 años. Arruinado, abandonó la secta en 1977. Vestía como un mendigo. Se alojaba en moteles infectos. Su paranoia se acentuaba. Sospechaba que espías disfrazados de camareras le envenenaban el café. Como antídoto, ingería píldoras con esencia de serpiente de cascabel. Acude a un dentista para que le arranque todos los empastes. Teme llevar algún micrófono oculto. Sólo en 1992 y acuciado por las deudas abandona su retiro para jugar. El problema es que el duelo se celebró en Yugoslavia, con los Balcanes en guerra, y el régimen de Milosevic estaba aislado por las sanciones de la ONU. EE.UU amenaza a Fischer. Si juega, le caerán diez años por violar el embargo. Fischer rompe el telegrama con el ultimátum en presencia de las cámaras. «Ésta es mi respuesta», dice. Y suelta un escupitajo. El presidente Bush (padre) firma una orden de busca y captura. Si el ajedrecista vuelve a pisar suelo americano, será detenido. En la actualidad vive en Islandia, que le ofreció pasaporte y asilo.
Fischer es un caso extremo, pero las manías, supersticiones y rarezas afectan a casi todos los jugadores de élite sometidos a la tensión de los torneos. En Linares, Kasparov ocultaba entre bastidores una tableta de chocolate de una marca rusa cuyo nombre significa `inspiración´, que devoraba en grandes cantidades. Siempre pedía el mismo menú: consomé, salmón, solomillo, tónica y té. Y todos los años exigía la misma almohada y tazas del desayuno. Las personas que llevan una vida tan nómada y estresante se sienten reconfortadas si tienen a su alrededor objetos que resulten familiares y tratan de cumplir con una serie de rutinas. Su número favorito es el 13. Nació el 13 de abril y fue el 13o campeón mundial. Tenía la costumbre de solicitar en los hoteles una habitación cuyo número acabase en esos dígitos de mal agüero. Una petición difícil de satisfacer, pues en muchos establecimientos se saltan este guarismo al numerar las habitaciones.
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LOS CAMPEONES Y SUS MANÍAS
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BOBBY FISHER 64 AÑOS, EL ÁNGEL CAÍDO
Su leyenda se forjó en el torneo que lo enfrentó a Spassky en 1972. Fue una escenificación, a escala deportiva, de la guerra fría. Fischer amenazó con la espantada. Kissinger lo convenció y ganó. Tenía 29 años. En EE.UU. lo recibieron como a un héroe. Pero tres años después lo despojan del título por negarse a defenderlo. Vive exilado en Islandia. |
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MAGNUS CARLSEN 16 AÑOS, EL MOZART DEL AJEDREZ
Tiene memoria fotográfica y a los cinco años recitaba de carrerilla el nombre y la población de las 430 poblaciones de Noruega. Juega torneos desde los ocho años. Su entrenador es Simen Agdestein, titular en las selecciones de fútbol y de ajedrez de su país. En 2004, se convirtió en el gran maestro más joven de la historia, con 13 años y medio. |
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