Número: 1012
Del 18 al 24 de marzo de 2007
 
 

 
 
EN PORTADA

A LA CONQUISTA DEL BOTÍN ÁRTICO

D.R.
La isla Melkoya era hasta hace poco una localidad pesquera llena de gaviotas. Siete años después, y tras 7.500 millones de euros de inversión, se ha convertido en una gigantesca planta de gas licuado.

El calentamiento global ha descubierto las fabulosas riquezas del polo norte: petróleo, gas natural, diamantes... gobiernos y multinacionales ya han tomado posiciones para explotar este nuevo eldorado. una tierra de nadie sin leyes que la protejan. Las consecuencias las pagaremos todos.



Los inuits que habitan el Ártico se han quedado sin palabras para describir lo que está pasando. En el Polo Norte las temperaturas han subido el doble de rápido en los últimos años que en el resto del mundo; la superficie de hielo disminuyó un 20 por ciento entre 2002 y 2005, y en 2050 podría hasta desaparecer. Así que, a falta de una palabra que aglutine todas estas transformaciones, los inuits han adoptado el término uggianaqtuq, el que usan para referirse a un familiar o un viejo amigo que se comporta de un modo extraño, impredecible.


Sin embargo, no todos están preocupados. Algunos se frotan las manos con el cambio climático. El subsuelo del Ártico esconde inmensas bolsas de gas natural y una cuarta parte de los yacimientos de petróleo no explotados del mundo. Un goloso botín cada vez más accesible, conforme retrocede la masa de hielo. Y hay muchas otras maneras de convertir las riquezas de la región ártica en dólares: la extracción de diamantes y otros minerales, la pesca o la soñada ruta marítima que conecte el Pacífico con el Atlántico ‘gracias’ al acelerado deshielo. La zona está llamada a convertirse en un punto caliente de la agenda geopolítica del siglo XXI.


En juego están la conservación del Ártico y los intereses de múltiples países y corporaciones: entre ellos los de dos gigantes, Estados Unidos y Rusia. Además de los de Canadá, Noruega, Islandia… «Las grandes potencias no van a permitir que la comunidad internacional les limite el acceso a esos recursos. El deber de los científicos es intentarlo, pero tienen poca voluntad de llegar a acuerdos. El Ártico se encuentra más amenazado que nunca», explica Carlos Duarte, investigador del CSIC que participará en el Año Polar Internacional, que ahora comienza, junto con cientos de investigadores de todo el mundo: durante 2007 y 2008 investigarán a fondo todo lo relacionado con ambos polos.


Unos y otros –comunidad científica, gobiernos y grandes corporaciones– han comenzado a mover los hilos que tienen a su alcance. Hay que actuar rápido: en el Ártico nunca ha habido algo parecido al Tratado Antártico, firmado en 1959, que consagraba el continente a las actividades científicas. No hay una legislación que prohíba las actividades lucrativas, ni un organismo que vele por la protección de un entorno debilitado y vulnerable. Su futuro –y el nuestro– está en juego.

Daniel Méndez

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