Mario (nombre ficticio) ya ha dejado de llorar y de sentirse culpable. Vive justo enfrente del Colegio Suizo, en Madrid, y casi todos los días se cruza con los que fueron sus agresores. En septiembre empezó una nueva vida y un nuevo curso en un centro diferente, con otros compañeros. Hace unos meses, los telespectadores pudieron presenciar cómo era golpeado gracias a un vídeo casero que emitieron todos los informativos. En la grabación se veía a dos alumnos de diez años asestándole 21 golpes con un estuche, mientras una niña gritaba: «¡Atácalo!». Lo llamaban Cara de Tomate, y alguien decidió sacar la cámara mientras otro lo ridiculizaba con movimientos femeninos. Cuando llegó la profesora de matemáticas, tarde, Mario le contó lo que había ocurrido y su respuesta fue: «No te preocupes, sólo faltan dos días para las vacaciones, vamos a llevarnos bien». Según Ruth, la madre del chico: «Lo peor es la cara de pánico que tiene mi hijo mientras le pegan. La gente no lo ha visto, pero tiene los ojos llenos de terror. No por los golpes, que no eran tan fuertes, sino por la situación de acoso. Más tarde, esas imágenes corrieron por el recreo y todos los niños se rieron de él. Para mi hijo, eso fue lo peor».
Mario se ha leído todos los libros de Harry Potter y saca sobresaliente en matemáticas. Le gusta hacer sudokus y tiene un vocabulario por encima de lo normal, casi repelente. Es el típico niño que les encanta a los adultos y despierta la incomprensión de sus iguales. Además, es guapo y muy grande. Con 11 años mide 1,60 y calza un 42 de pie, pero el tamaño no le sirvió de nada para defenderse del bullying. Un día no le dejaban jugar; otro, le escondían la mochila; otro, le quitaban el cuaderno o el bocadillo… Unas veces, llegaba molesto a casa; otras, llorando. Según la madre, «al final era la mofa de todos. Cuando llegaba a clase, nadie lo saludaba, estaba solo durante los recreos y dejaron de invitarlo a los cumpleaños».
El 26 de junio, tras la paliza y la vergüenza, Mario llamó a sus padres y les contó lo que había ocurrido. Después de hablar con dirección y no recibir ningún mensaje tranquilizador, el padre, Fernando, decidió acercarse al colegio. Muy enfadado, se dirigió al niño de la cámara y el chico, asustado, se la entregó. «Hicimos las copias del vídeo, denunciamos la agresión y la cámara la dejamos en comisaría como prueba de lo ocurrido –explica Fernando–. Lo increíble es que entonces el colegio nos puso una denuncia por incursión violenta y robo de cámara. En lugar de ir contra los niños agresores, van contra nosotros. Es el mundo al revés.»
Aunque la sensibilidad hacia el acoso está cambiando, y ya se empieza a visualizar como un problema de verdad, todavía hoy la mayoría de las víctimas se siente desamparada por la comunidad escolar. Los padres se quejan sobre todo de los colegios privados, donde la `mala fama´ puede repercutir negativamente en la economía del centro y los equipos directivos tienden a lavarse las manos.
Nieves es abogada y madre de Juan, un niño que sufrió bullying en un colegio concertado religioso cuyo nombre prefiere no desvelar. Juan, de siete años, llevaba tiempo sufriendo agresiones del mismo compañero. «Hoy le pegaba y mañana le regalaba un tazo o un cromo… Hoy te quiero mucho y mañana te doy una patada. Mi hijo decía que volvían a ser amigos y al día siguiente llegaba llorando. Avisé a la tutora y en clase lo tenía bastante controlado, pero en los recreos y el comedor seguían pegándole. También hablé con la directora y me dijo que avisaría a los padres, pero nunca lo hizo. Al mes siguiente me llaman del colegio porque mi hijo se había dado un golpe en la cabeza y querían que lo llevara al hospital. Tenía un chichón muy abultado, con sangre, y cuando fuimos, Juan me explicó que el chico de siempre le había empujado la cabeza contra el suelo.» Nieves se sintió decepcionada. De hecho, su enfado es mayor con la escuela que con el agresor: «Lo que más me duele es que sea un colegio de religiosas. Yo llevé a mis hijos a ese centro por mis creencias, pero cuando nos quejamos del problema, el trato hacia ellos cambió. Mis niños empezaron el curso diciendo qué buenas son estas hermanitas y acabaron con qué asquerosas son estas monjas».
«La escuela podría hacer más –añade Esteban Ibarra, del Movimiento contra la Intolerancia–. Falta compromiso, y no es que ellos sean los culpables, pero tienen herramientas para prevenirlo y en muchas ocasiones prefieren lavarse las manos, en parte porque están desbordados.» Cuando la profesora de Mario, en el Colegio Suizo, regañaba a los `matones´, le decían: «Tú, calla, que mi padre te está pagando el sueldo». Cuando Juan le explicaba a su amigo que pegar es malo, el agresor le contestaba: «Dios perdona todo, así que puedo hacer lo que quiera». En estos momentos en un recreo, los agresores se sienten fuertes. Se saben fuertes.
En menos de una generación, la familia se ha transformado y el papel de la infancia también: o bien el niño es un tesoro a quien se le perdona todo sin exigirle nada a cambio; o bien, un pequeño monstruo que acumula los defectos de los adultos sin el filtro de la racionalidad y la contención. La desconfianza entre padres de víctimas y padres de agresores, entre institución escolar y progenitores y entre los niños con todos los demás pone de manifiesto la tendencia a ponerse a la defensiva cuando alguien denuncia un problema. En todo caso, nadie se reconoce directamente como acosador, pero si la pregunta es: ¿alguna vez has abusado de alguien más débil?, la respuesta siempre es diferente.Isabel Navarro < 1 2 3
|
|
BULLYING UN PROBLEMA GLOBAL
|
| | |
 |
Mª JOSÉ DÍAZ-AGUADO, CATEDRÁTICA EN PSICOLOGÍA DE LA EDUCACIÓN
«Hay que enseñar al niño a controlarse desde que tiene un año» |
| | |
 |
FERNANDO, PADRE DE UN NIÑO ACOSADO.
«El colegio nos puso una denuncia porque le exigimos la cámara al que grabó la agresión a nuestro hijo. Es el mundo al revés» |
| | |
 |
Yo sólo pego a quien se lo merece. En el colegio no me denunciaban porque en el fondo las peleas son cosas de críos. ¿Mi madre? No sabe nada». Alberto, 16 años |
 |
Yo no tengo miedo a nada. Si uno me pega, yo le doy más fuerte. Pero muchas veces me pegan primero y no me creen». Joaquín, ocho años. Obligó a una compañera a desnudarse durante el recreo. |
|