La madre de Alberto trabaja 12 horas al día. Es directiva en una empresa, tiene 40 años y está divorciada. El hijo entra y sale de casa cuando quiere. Los fines de semana suele decir que va a dormir a casa de un amigo y siempre le dejan: «Los padres no son tontos, pero les gusta hacerse los tontos. Así no discutimos».
Esteban Ibarra, presidente del Movimiento contra la Intolerancia, cree que «la clave del acoso entre escolares, tal y como se da hoy, es que el proceso de socialización del adolescente ha cambiado: cada vez tienen menos peso la familia y la escuela, y más los medios de comunicación y los colegas».
Son las siete de la tarde y Rosario está luchando para que su nieto se coma el bocadillo de jamón sentado en una silla. Joaquín tiene ocho años, vive en Elche, estudia segundo de primaria y quiere ver la tele. La madre trabaja en una tienda de ropa y no recogerá al niño hasta las diez de la noche. Joaquín se revuelve en el sofá, da volteretas y pega cabezazos contra un cojín. Coge el mando y su abuela se lo quita. Entre grito y grito le da un mordisco al bocadillo, que va mermando, muy lentamente. En el colegio, Joaquín tiene la etiqueta de niño malo. «Dicen que soy malo porque pego, pero otros también pegan y no les dicen nada.» A principios de curso, un padre llegó histérico al colegio porque Joaquín y otros amigos habían obligado a su hija a desnudarse durante el recreo. «Las niñas son tontas.» «No digas eso, Joaquín. Marta es tu amiga y es una chica», le dice su abuela. «Tengo una profesora buena y una mala. La profesora mala es la del comedor, que no nos deja hacer nada y dice que somos malos. Un día le puse hielos en el suelo para que se cayera. Otro día le pegué. Yo no tengo miedo a nada. Si uno me pega, yo le respondo más fuerte. La maestra siempre se piensa que soy yo, pero no es verdad, muchas veces me pegan primero, pero nadie me cree. Si uno me dice algo, le saco los ojos por el culo. A mí me da igual pegarme con grandes y pequeños.» «Sí, pero luego te dan por todas partes, así que no te hagas el fantasma», le responde su abuela.
Según los expertos, uno de los rasgos que distingue a estos agresores es la falta de protagonismo positivo en la escuela. La abuela se lamenta: «Cometimos un error. En casa hablamos castellano, pero lo metimos en un colegio con línea en valenciano y se convirtió en el tonto de la clase. Ahora ya va mejor en el colegio, pero al principio estaba completamente perdido». Cuando le pregunto a Quim qué quiere ser de mayor, me responde que albañil, como su padre. ¿Y por qué no maestro? Seguro que hay cosas de las que sabes mucho, le digo. «Sí, sé mucho de dragones y de monstruos. El monstruo de las sombras, el monstruo del armario, el monstruo de la noche, el monstruo del mar, el monstruo de los dientes…» ¿Y de qué conoces todos esos monstruos? ¿De la televisión? «No, me los invento yo.»
«En realidad, Quim es un niño muy solidario –explica su abuela–. Muchas veces se pega porque otros le piden ayuda y no mide bien sus fuerzas. Un día, me dijo que cuando da una patada en el suelo, sus compañeros de colegio se asustan, y que eso le gusta. Nosotros tratamos de transmitirle otros valores, pero sus padres están separados y en su otra casa no hay límites. O le dejan hacer al niño lo que quiera o le pegan un azote.»
Para muchos niños con dificultad para establecer vínculos positivos entre sus iguales, es mejor ser temido que marginado. En algunos casos, como el de Alberto, el viraje de víctima a acosador se resuelve sacando los puños: «Empezaron a fastidiarme cuando tenía diez años, con 12 empecé a pegar y a los 13, cuando iba por el patio, la gente se apartaba. Me sentía bien, porque antes era de los pringaos y después empecé a ser de los fuertes. Vale, soy el malo, pero no soy gilipollas».
Para un adulto, es casi imposible ponerse en el lugar del niño.A un `mayor´ sólo le preocupan `problemas de verdad, importantes´ como la hipoteca del piso o el despido del trabajo, pero ir de excursión y no tener a nadie con quien sentarse en el autobús parece una anécdota que se olvidará muy pronto. Algo que pasará. Sin embargo, el niño que sufre el vacío de los compañeros no es capaz de relativizar su problema. No puede saber que el niño empollón tendrá muchas ventajas de adulto. Si no lo quieren, es porque algo está haciendo mal, piensa. Se siente culpable por el maltrato que está sufriendo en el colegio y llega a creer que los bullies, o sea los malotes, tienen más poder que sus propios padres y que el resto de los adultos.
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BULLYING UN PROBLEMA GLOBAL
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Mª JOSÉ DÍAZ-AGUADO, CATEDRÁTICA EN PSICOLOGÍA DE LA EDUCACIÓN
«Hay que enseñar al niño a controlarse desde que tiene un año» |
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FERNANDO, PADRE DE UN NIÑO ACOSADO.
«El colegio nos puso una denuncia porque le exigimos la cámara al que grabó la agresión a nuestro hijo. Es el mundo al revés» |
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Yo sólo pego a quien se lo merece. En el colegio no me denunciaban porque en el fondo las peleas son cosas de críos. ¿Mi madre? No sabe nada». Alberto, 16 años |
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Yo no tengo miedo a nada. Si uno me pega, yo le doy más fuerte. Pero muchas veces me pegan primero y no me creen». Joaquín, ocho años. Obligó a una compañera a desnudarse durante el recreo. |
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