Número: 891
Del 21 al 27 de noviembre de 2004
 
 

 
 
CARTA DESDE... GUINEA CONAKRY

Los berridos del silencio


Mira, ésta ha sido una de las peores semanas que recuerdo desde que llegué a esta parte de África. El viernes pasado estaba en Monrovia cuando la ciudad saltó por los aires. Había dormido en el Hospital de los Hermanos de San Juan de Dios. Esa mañana debía coger el avión de Naciones Unidas hacia N’Zérékoré a las diez, pero temprano los sonidos de la violencia ganaron el cielo. Una masa de ex rebeldes sin futuro y jóvenes sin presente batían las calles saqueando comercios y quemando coches y gasolineras: el estallido de los surtidores izaba árboles de humo ciego. A unos metros del hospital se oyeron ráfagas de metralleta: pocos minutos después trajeron a un joven herido en una carretilla, entre tres lo metimos en la sala de urgencias. Tarde los cascos azules salieron a patrullar. Mientras pasaban frente a nosotros las tanquetas blancas de la ONU y aún se escuchaban explosiones, observé los rostros de los liberianos que estaban junto a mí: había menos miedo que extenuación, una extenuación infinita, como de gente que tiene que alzar los ojos para ver el fondo.

El martes conseguí llegar a Guinea. Tomamos la carretera que desune el país de oeste a este. A punto de llegar a Kolouma, el barro y los vehículos enfangados nos cortaron otra vez el paso. Detrás de nosotros una camioneta miserable, atestada de pasajeros, perdió el control y cayó por un talud. Nos aprestamos a sacar a los heridos de entre un amasijo de hierros, sangre, lodo y mugre. En España, cuando algo así sucede, antes o después oirás el aullido de las ambulancias, aquí no: yo sabía que no vendría ninguna ambulancia porque no hay, y aunque hubiera, no podría pasar porque la carretera está cortada, y aunque no fuera así, no hay un hospital digno en cientos de kilómetros a la redonda. Cuánto sufrimiento sin desembocadura. Subimos a los siete que estaban peor en nuestra pick-up y volvimos hasta el dispensario de Boffosou, donde no hay nada. Un chico de unos quince años se nos murió en el camino.

Ese jueves el Ejército de Costa de Marfil bombardeó la capital rebelde, Boauké, donde los míos curan y ayudan a miles de campesinos. El 18 de octubre el Gobierno había comprado dos helicópteros de combate MI-24 de origen ruso y dos bombarderos británicos, amén de granadas, lanzacohetes y fusiles de asalto: todo oficial, pagado al contado a los países del norte. Esos aviones mataron a docenas de africanos y a nueve soldados franceses: como represalia Francia, al día siguiente, destruyó la recién adquirida fuerza aérea costamarfileña. No había pasado un mes. Murieron los de siempre, ganaron dinero los de siempre: el viejo negocio.

A veces pienso que debe fatigar leer tanta desgracia. También a mí me cansa escribir el horror, te lo juro, pero más me cansa que exista.

Guinea Conakry, 18 de noviembre de 2004

Gonzalo Sánchez-Terán

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Y DESDE NUEVA YORK...
Alfonso Armada escribía...




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