El pomo de la nada  | | Las lluvias causan estragos en el sur del país. En la foto, un vehículo inutilizado. |
«Toda esta gente querría salir de aquí, pagaría lo que no tiene por escapar de este decimal del mundo»
Las cosas están así: desde hace dos semanas no queda ni una gota de gasolina o de gasoil en N’Zérékoré, la segunda ciudad más grande de Guinea. La poca que hay se vende en botellas en el mercado negro al triple de su precio. Los camiones cisterna, como todos los demás, están detenidos en alguna de las dos pistas de tierra que llegan desde Conakry: en la primera los vehículos yacen embarrados en profundos agujeros bloqueando el camino; en la segunda se ha caído un puente. Cada temporada de lluvias sucede lo mismo, el sur del país queda aislado: toneladas de plátanos se pudren en los remolques bajo el sol, los campesinos no tienen a quién vender el aceite de palma que recogen, y en los mercados los restos de cuadernos, las latas de sardinas o las telas cuestan más de lo que la gente gana.
Desde hace cuatro meses no hay agua corriente en N’Zérékoré ni siquiera para las pocas casas hasta las que llegaban las tuberías: unos dicen que se rompió el motor; otros, que no hay carburante para hacerlo funcionar. Esta mañana, Natalie Lamah, la dueña del generador que nos provee de luz tres horas al día, ha venido para decirnos que a partir de hoy no lo encenderá porque no le queda reserva de gasoil: prenderemos el quinqué y cenaremos. En el hospital, por supuesto, tampoco hay luz. Naciones Unidas ha racionado el combustible para las organizaciones que trabajamos con refugiados y los campos van quedando más aislados, más delebles. Todo se va pudriendo, la vida es una cuenta atrás sin cero y la gente va de su corazón a sus asuntos por perdederos de miseria.
Los refugiados liberianos que debían ser trasladados desde la zona de Kissidougou hasta el campo de Kouankan, apenas ciento cincuenta kilómetros, pasaron tres noches durmiendo en el camino porque el convoy se atascaba en el fango. Mi amigo Patrice Zoumanigui, un hombre mayor y bueno, ha pasado cinco días intentando en vano llegar a Conakry. Te desazona el alma hablar con él. A menudo hemos hecho juntos el viaje: personas que esforzadamente empujan vehículos cochambrosos hacia nuevos barrizales, jóvenes sentados en lo alto de los remolques sin otra tarea que arrastrarlos cuando se quedan hundidos, tiempo enfangado en su nunca.
Toda esta gente querría salir de aquí, pagaría lo que no tiene por escapar de este decimal de mundo porque saben que el año próximo volverán las tormentas, y volverá a no haber nada en los mercados y las familias comerán menos aún. Pero nadie debe inquietarse en Europa, no llegarán a ninguna parte porque, como te decía al principio, las carreteras están cortadas, no hay manera de pasar, se quedarán aquí, donde deben estar, ¿no es eso?
Guinea-Conakry, 19 de octubre de 2006
Gonzalo Sanchez-Terán < volver
|
|
EL POETA ARGENTINO JUAN GELMAN,
hace un cuarto de siglo, escribía desde roma en un libro llamado bajo la lluvia ajena: «no debería arrancarse a la gente de su tierra o país, no a la fuerza. La gente queda dolorida, la tierra queda dolorida». |
SABÍA DE LO QUE HABLABA,
él mismo había tenido que dejar su casa huyendo de una dictadura militar que había acabado con la vida de su hijo y de su nuera. Estoy leyéndolo mientras llueve despiadadamente sobre el campo de refugiados de Lainé y puedo confirmarte algo: tenía razón.
gsancheztera@nyahoo.es |
|